París en tres días

PARÍS EN 3 DÍAS La capital de Francia, icono de la libertad y del amor, Lutecia para los galos y los romanos, cuna de los derechos y libertades del mundo… y mucho más: esto es PARÍS. Porque además es un lugar monumental: iglesias, teatros, palacios, museos, galerías, parques, calles llenas de vida, bares, pastelerías y restaurantes con las pequeñas mesas y las sillas orientadas hacia el exterior. Intentamos ver lo máximo posible en tres días, pero evidentemente es imposible: las distancias son grandes y, al hacerlo caminando, al final de cada jornada habíamos recorrido unos veinte kilómetros. Tan solo entramos al museo del Louvre y a Notre Dame (esta, gratis), en ambos casos con entradas adquiridas previamente, aunque eso no nos libra de la cola, eso sí, más rápida. A ello le sumamos el preceptivo paseo en barco por el Sena que nos permite otra visión de la ciudad. La comida en París no es problema: a la gran oferta de la restauración francesa se añaden muchos restaurantes vietnamitas y japoneses, aparte, claro, de las pizzerías y la comida turca. Para desayunar, café y cruasanes, como decimos en español; aparte, hay una gran variedad de dulces, pasteles y también bocadillos, porque aquí el pan es importante. Ojo, se puede comer bien sin gastar demasiado, pero si queremos probar cosas buenas hay que pensar en treinta euros por persona como mínimo, más la cerveza o el vino, que es lo que más encarece la cuenta. El agua, siempre del grifo: muy buena y gratis en todos los establecimientos.   Respecto a dónde dormir, hemos de advertir que es muy caro, y más cuando te acercas al entorno de la isla de la Cité: un hotel de tres estrellas ronda los doscientos euros por noche y las habitaciones son más bien pequeñas. Una alternativa son los apartamentos o los apartahoteles, aunque no bajan demasiado los precios. Lo que sí hay que intentar es centrar la residencia, yo ahora elegiría el Barrio Latino o el Marais, porque pernoctar cerca de la torre Eiffel o en el polo opuesto, la Bastilla, es tener que andar bastante o bien utilizar el metro o el bus. Los taxis, Bolt y Uber son una alternativa, yo desde luego prefiero Bolt porque la aplicación te da un precio fijo y además ofrece otras alternativas como el taxi. Pero recordad que el tráfico es bastante intenso: continuamente hay embotellamientos y las sirenas de la policía, ambulancias y bomberos son algo continuo, incluso llega a ser insoportable. ¡Ah!, ojo con las bicicletas, que tienen prioridad y pueden circular en ambos sentidos, incluso en calles de sentido único. Para comenzar la visita podemos apoyarnos en los free tours: hay muchas empresas que los ofertan y más o menos son los mismos. Los recorridos giran en torno al museo del Louvre y de Notre Dame, y al menos al que nos unimos nos ilustró sobre la historia de París y de Francia, con lo que en las dos horas no se pudo ver demasiado. Al final pagas lo que consideras, y siempre caes en otro tour que ellos organizan, pero este ya de pago; debemos informarnos bien de su contenido porque al final no sales demasiado contento. No doy nombres porque son chicos jóvenes que se están ganando la vida. Lo bueno es que nos ofrecieron un ticket de barco a quince euros, cuando el precio normal es de dieciocho. Hay que advertir que las colas para acceder al barco son largas y desordenadas. Salimos de la torre Eiffel, llegamos hasta la isla de la Cité y continuamos hasta más allá de la Bastilla en un recorrido que recomiendo hacer cuando está próximo el anochecer para ver desde el río la torre Eiffel iluminada.

Día 1: los iconos clásicos (Notre Dame, el Louvre, el Ayuntamiento y el Marais)

Mañana: isla de la Cité, Notre Dame y Sainte-Chapelle

Salimos del hotel sin prisas, caminando despacio y disfrutando de los edificios y de los bulevares parisinos. Primero buscamos una cafetería donde desayunar: un café y un cruasán. Hay muchas con el nombre de boulangerie, donde puedes comprar pan, dulces, bocadillos (a buen precio y de buen tamaño)… Llegamos a la plaza de la Bastilla; en su centro está la columna de Julio, construida entre 1833 y 1840, en la que están inscritos los nombres de las 615 víctimas de las jornadas revolucionarias de julio de 1830. Está rematada por «el Genio de la Libertad», una estatua de bronce dorado. En nuestra visita la columna estaba rodeada de las banderas de los países del mundo. Bajamos por la Avenida de Enrique IV hasta el río Sena, que cruzamos por el puente de Sully hasta la isla de San Luis. Una alternativa es seguir por la ribera hasta la siguiente, la isla de la Cité, donde se encuentra la catedral de Notre Dame, gran obra del gótico medieval ahora reabierta tras su restauración. Hay que detenerse frente a su fachada y admirar el monumento; otro día vendremos con entrada para visitarla. Después nos acercamos a la Sainte-Chapelle (capilla gótica del siglo XIII famosa por sus vidrieras, que casi sustituyen a las paredes) y a la Conciergerie, antiguo palacio convertido en prisión real, con su icónica fachada sobre el Sena. Cruzamos de nuevo el río por uno de sus puentes y nos encontraremos con el magnífico edificio del Ayuntamiento, el Hôtel de Ville, con su fachada neorrenacentista y su plaza histórica. Aquí comienzan muchos de los free tours que recorren el centro de París. Para comer lo mejor es adentrarse por el barrio de Le Marais, el barrio judío, y elegir un restaurante: los hay franceses, vietnamitas, japoneses, italianos… comida internacional. Restaurante recomendado: L’As du Fallafel (Barrio de Le Marais), donde se puede pedir la pita falafel especial (pan de pita relleno de falafel crujiente, berenjena asada, col y salsa tahini).

Tarde: Ópera Garnier y plaza Vendôme

Por la tarde nos acercamos a la Ópera Garnier y a la Plaza Vendôme. La primera, con la fachada y el interior neobarrocos de la Gran Ópera (escalinata de mármol y sala dorada que inspiró ‘El fantasma de la Ópera’). Detrás se encuentran las famosas Galerías Lafayette, con su cúpula art nouveau de cristal y hierro. Recomendamos subir a la 7.ª planta para disfrutar de unas maravillosas vistas panorámicas y gratuitas. Merece la pena recorrer las calles que parten de la plaza de la Ópera hacia el Sena, como la rue de la Paix, con tiendas exclusivas, muchas joyerías y muchos cochazos de los potentados y potentadas que hacen sus compras, todo muy vigilado. Siguiendo hacia el Sena llegamos a la Place Vendôme, donde está uno de los hoteles principales de la ciudad, el Hôtel Ritz. En el centro encontramos una columna construida con el bronce de los cañones capturados a los ejércitos ruso y austriaco durante la batalla de Austerlitz; la estatua de Napoleón corona la columna. Otra de las avenidas interesantes es la avenida de la Ópera, por la que podemos deambular observando las tiendas de los ricos y los grandes vehículos aparcados delante de ellas. Si seguimos por la rue des Petits-Champs, llegaremos a la Plaza de las Victorias, al jardín del Palacio Real y al final al Museo Picasso.   Nosotros optamos por ir en sentido contrario: bajamos hasta la plaza de la Concordia, donde destacan el obelisco egipcio de 3.000 años y las fuentes monumentales. A su izquierda, en dirección este, están los Jardines de las Tullerías, parque de estilo francés ideal para descansar junto a sus estanques; al final, justo delante del Louvre, está un pequeño Arco del Triunfo que Napoleón mandó construir mientras se terminaba el Arco del Triunfo de los Campos Elíseos. Seguiremos hacia el oeste por la Avenida de los Campos Elíseos, pero giraremos hacia el sur para pasar delante del Grand Palais, sede de numerosas exposiciones y utilizado en los últimos Juegos Olímpicos celebrados en París. Se trata de un palacio modernista de 1900 con una bóveda acristalada. Si seguimos esta avenida y cruzamos el río, estaremos en los Inválidos, complejo arquitectónico situado cerca de la escuela militar y creado originariamente como residencia para soldados y militares franceses retirados, que alberga los restos mortales del emperador Napoleón Bonaparte. Seguiremos hacia el oeste para llegar a los Campos de Marte, jardines dominados por la impresionante estructura de la torre Eiffel, famosísima construcción de hierro de 330 metros levantada por Gustave Eiffel para la Exposición Universal de 1889. En la misma torre tenía su oficina. Para visitarla es recomendable adquirir previamente la entrada; hay distintas posibilidades y precios, pero conviene al menos subir a la segunda planta para disfrutar de las vistas panorámicas. Frente a la torre, en dirección norte, se encuentra la plaza del Trocadero, desde la que se tienen unas vistas impresionantes de la torre. El recorrido desciende por sus jardines de estilo inglés hacia la orilla del Sena. Desde aquí, si tenemos fuerzas, podemos acercarnos en un paseo de un poco más de media hora hasta el Arco del Triunfo partiendo de la Plaza Trocadero. Veremos la inmensidad de este monumento mandado construir por Napoleón Bonaparte en 1806 para conmemorar la victoria en la batalla de Austerlitz. En su interior descansa el soldado desconocido, militar anónimo caído durante la Primera Guerra Mundial. Desde aquí podemos ir hasta la plaza de la Concordia siguiendo la Avenida de los Campos Elíseos. Es momento para coger uno de los barcos que navegan por el Sena: está cercano el anochecer, y tomarlo a esta hora nos permitirá no solo una visión de los principales monumentos de la ciudad desde el río, sino que a la vuelta coincidiremos con la torre Eiffel iluminada. Recordad que es conveniente adquirir el billete con antelación y que la organización no es demasiado buena: hay bastantes aglomeraciones, sobre todo en el momento de entrar en la embarcación. Estamos lejos de la plaza de la Bastilla y hemos de tomar algo antes de continuar. En la calle de Rivoli, que va paralela al río y nos lleva hasta la Bastilla, existen numerosos establecimientos para tomar algo, desde restaurantes hasta puestos de bocadillos: el pan en Francia es muy importante. Nosotros paramos en Le Rempart Bastille, un café-restaurante con variedad de comida y con un personal muy agradable. En casi todos los establecimientos hay descuentos en la cerveza si se consume antes de las nueve de la noche.

Día 2: plaza de la República, Montmartre y el Sagrado Corazón

Hoy iremos al famoso barrio de Montmartre, el barrio de los pintores y de los cabarés. Partimos de nuevo, tras nuestro café con cruasán, de la Plaza de la Bastilla subiendo por el bulevar Richard-Lenoir, donde encontramos un mercadillo similar a los españoles. En él se ofrece de todo: ropa, verdura, carne, pescado, quesos, vinos, antigüedades… Merece la pena porque es una oportunidad de conocer la cultura, la gastronomía y las costumbres de este país. Seguiremos hasta la Plaza de la República, donde nos sorprendió encontrar gente de todo el mundo vestida con los trajes típicos de sus países: es domingo y se celebra la Fiesta de París, con un festival cultural. Tras casi una hora de caminata llegamos a Montmartre: calles estrechas en cuesta y pequeñas plazas. Se trata de un famoso y bohemio barrio de París situado en una colina de 130 metros de altura, donde encontraremos algunos lugares de interés; el principal, la basílica del Sacré-Cœur, a la que podemos acceder en un funicular o bien callejeando, como hicimos nosotros. Desde aquí se tiene una panorámica espectacular de la ciudad. Hay unas escalinatas que descienden desde la basílica con jardines y fuentes, y con miradores desde los que contemplar París. Antes de llegar a la cima hemos recorrido distintas calles y plazas, como la place du Tertre, donde los pintores muestran sus obras y hacen retratos en vivo. También el mítico, curioso y colorido Moulin Rouge, cabaré inaugurado en 1889. El Muro de los «Te quiero» (Mur des Je t’aime), un pequeño muro situado en la plaza Jehan Rictus con la frase ‘Te amo’ escrita en más de trescientos idiomas (ojo, porque, aunque está en la plaza, se encuentra algo escondido). Y la iglesia de Saint-Pierre de Montmartre, cercana al Sagrado Corazón, histórica iglesia católica del siglo XII, una de las más antiguas de París. La rue de l’Abreuvoir y La Maison Rose, en una calle empedrada muy pintoresca y fotogénica… Creo que más que enumerar todo lo que puede verse, lo mejor es perderse por sus calles y plazas, sentarse a una mesa y disfrutar del ambiente y de su colorido. Tras el esfuerzo, hemos de comenzar a bajar y buscar un sitio donde comer. En esta ocasión nos detuvimos en un antiguo restaurante francés denominado Le Bon Bock, que revive el espíritu de la Belle Époque con su carpintería patinada, sus frescos, sus lámparas de araña y su ambiente íntimo. Este legendario restaurante ofrece un menú de clásicos franceses como la carrillada de ternera estofada, el magret de pato y los escargots en persillade. Buen servicio y precios no excesivos. Por la tarde, tras nuestra buena comida, nos dedicamos a pasear por París, callejeando por el barrio judío y por la ribera del Sena, como siempre llena de gente, especialmente jóvenes comiendo, bebiendo y disfrutando del río. Llegamos a la calle donde se encuentran distintas instituciones como el Museo de Archivos Nacionales – Hôtel de Soubise, museo que explica la historia del archivo nacional y expone documentos importantes, mapas e imágenes. También el Museo Picasso de París, un edificio del siglo XVII con 5.000 obras de Pablo Picasso, su propia colección de arte y su archivo. Y terminamos en la Plaza de los Vosgos, coqueta plaza cuadrada con soportales no demasiado bien conservados, donde existen cafés y restaurantes con las típicas mesas parisinas; eso sí, el ambiente era de clase adinerada, con los cochazos aparcados y su conductor personal esperando. Aquí presenciamos el sermón de un rabino desde el balcón de la sinagoga de la rue des Tournelles. También se encuentra la Casa de Victor Hugo, decorada con sus muebles originales y con objetos y bocetos del autor. Para cenar nos detuvimos en la Plaza de la Bastilla, en el Café Milou, un animado café-restaurante francés que destaca por su ambiente acogedor, su terraza con vistas directas a la Place de la Bastille y una cocina casera que combina recetas francesas tradicionales con toques exóticos. Su menú incluye platos populares como la sopa de cebolla, el tartare thaï y opciones de pescado, además de una amplia selección de opciones vegetarianas y veganas.

Día 3: el museo del Louvre, Notre Dame y el Barrio Latino

  Hoy tocaba cultura: visitas al Museo del Louvre y a Notre Dame. Previamente habíamos adquirido las entradas en la página web correspondiente a cada una. La catedral es gratis, como casi todos los templos de París; el museo, para los adultos y jubilados cuesta algo más de veinte euros, y es gratis para los jóvenes. Primero nos dirigimos al museo intentando recorrer calles nuevas: cruzamos al otro lado del Sena, pero lo cierto es que no merecía la pena, por lo que en el primer puente volvimos a la otra orilla hasta la Rue de Rivoli, buscando siempre la sombra porque hacía algo de calor. Pasamos por el Hôtel de Ville y pronto llegamos a la entrada situada frente al puente de las Artes; desde el primer patio cruzamos a la izquierda hacia el patio donde se encuentra la Pirámide de Cristal, que es la entrada principal al museo. Hicimos la cola correspondiente, aunque iba bastante rápida. Cuando visitas un museo de esta envergadura hay que hacer una planificación previa de lo que se quiere ver; actualmente podemos consultárselo a la IA, pidiéndole que te haga un recorrido por lo principal teniendo en cuenta que tan solo quieres estar un máximo de tres horas; incluso puedes decirle lo que para ti es esencial: La Gioconda (o Mona Lisa) de Leonardo da Vinci, las obras de pintura española, los restos arqueológicos de Egipto y Mesopotamia… Hemos de tener en cuenta que los franceses en la época del Imperio se han quedado con obras de arte de todo el mundo y ahora las exponen como suyas en el Louvre. Siguiendo las recomendaciones de la IA y cogiendo un plano no fue complicado ver casi todo lo que queríamos y algunas cosas más. Tras la cultura hemos de reponer fuerzas con una buena comida. En este caso buscamos un restaurante vietnamita, de los que abundan en esta ciudad (Vietnam fue colonia francesa); esta cocina tiene fama de ser una comida variada y muy nutritiva. Nos recomendaron el restaurante Ha Noi 1988, que está en la Île de la Cité. Pequeño pero muy bullicioso y con buena comida, y sobre todo rápido, algo que nos venía bien porque a las cuatro de la tarde teníamos programada la visita a la catedral. Así que, tras comer, buscamos un café: el famoso Shakespeare and Company Café, algo viejo y poco cuidado, pero con buen café y situado frente a Notre Dame. Llegamos a la Plaza de Juan Pablo II delante de la catedral y allí estaba la larga cola, que serpenteaba buscando la sombra; no sé si era por la hora pero todo fue relativamente rápido. Entramos en el templo e hicimos el recorrido en U sin ocupar los espacios en la nave central ya que se estaba celebrando una misa. Nos deleitamos con las vidrieras de colores, con los rosetones, las capillas, los relieves de madera… y observamos que, como todas las iglesias católicas, tiene sus ‘cepillos’ para hacer donativos: la cantidad mínima, tres euros, y se podía utilizar hasta la tarjeta. Los monumentos de la Iglesia Católica son restaurados por el Estado, al menos en España, pero los curas siempre piden algo más. Al salir nos dirigimos, cruzando el río por el sur, hacia el Barrio Latino, donde se encuentra la Universidad de la Sorbona. Un barrio que debe su nombre, dicen unos, a que en él se hablaba latín y otros a que en él nacieron las primeras escuelas populares. Aquí la máxima sigue siendo la misma: perderse por las calles y subir hasta encontrar el Panteón de París, mausoleo del siglo XVIII con fachada de columnas que contiene los restos de ciudadanos franceses ilustres: Escritores y filósofosVoltaire y Jean-Jacques Rousseau ,Victor Hugo, Émile Zola y Alejandro Dumas. Científicos: Marie Curie y Pierre Curie. Figuras políticas y de la Resistencia: Jean Monnet (padre fundador de la Unión Europea),… Casi en la misma plaza, además de la facultad de Derecho y otros edificios universitarios, se encuentra la Iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, profusamente ornamentada, que combina elementos góticos y renacentistas. En el lado opuesto de esta calle se encuentran los famosos Jardines de Luxemburgo, parque del siglo XVII con jardines en disposición formal, árboles ordenados y estatuas.   Nos han quedado muchas cosas por ver, especialmente algunos museos y el interior de los monumentos, y también la noche de París, porque andar todo el día, casi veinte kilómetros diarios, nos dejaba con ganas de relajarnos y descansar tras una buena cena en una terraza al aire libre. París tiene una gran oferta de restauración: a los restaurantes de comida francesa hay que añadir los asiáticos, principalmente vietnamitas y japoneses, turcos, italianos… En función de nuestra economía podemos elegir uno de los bocadillos ya preparados de las boulangeries y las pâtisseries, o un restaurante vietnamita; muchos de ellos llevan el nombre de Hanói y ofrecen platos bien elaborados y no demasiado caros. Ojo con los japoneses, porque van desde platos preparados de sushi para llevar que tienen buen precio, hasta otros como el Bar Nomo, cerca de la Ópera, donde un temaki cuesta 14€. Un buen restaurante francés situado en Montmartre es Le Bon Bock, con una decoración de los años veinte y buena comida. Algo más baratos son los restaurantes Chez Papa, con buena carta de vinos y gran variedad de platos, y Le Rempart, abierto todo el día, ambos situados en la zona de la Bastilla. Nota: he calificado la limpieza como regular: las aceras aparecen limpias, pero el olor a pis es insoportable en muchos sitios, algo que se acentúa porque no ha llovido.

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Costa vasca francesa

  Aprovechando la cercanía de la frontera francesa con la provincia de Guipúzcoa, decidimos acercarnos a visitar la costa vasca francesa, en concreto las ciudades de Biarritz y de San Juan de Luz.

Biarritz

Famosa por sus playas y también por sus casinos, esta ciudad es uno de los lugares preferidos por muchos turistas y, además, si son aficionados a jugar no tendrán problema en hacerlo. Las similitudes con el País Vasco español son bastantes, aunque aquí abundan los edificios de estilo parisino con sus buhardillas. Aparcar no es fácil y lo hicimos en un parking público céntrico. Desde ahí nos dirigimos hacia el oeste, por una empinada calle que nos llevó a las playas y al paseo marítimo. La Grand Plage es la playa más famosa de la ciudad, normalmente repleta de surfistas y, en verano, de familias que disfrutan de sus aguas. Tomamos un café en el paseo marítimo para disfrutar de las vistas y del mar. En la Grand Plage encontraréis también el Casino de Biarritz, construido en 1929 y declarado Monumento Histórico en 1992. Muy cerca del casino y de la Grand Plage se encuentra también el Hôtel du Palais, del siglo XIX, construido para la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III.  
Callejeando llegamos al mercado de la ciudad, donde es muy curioso ver los productos, como podréis observar en las imágenes adjuntas, sobre todo los quesos y el vino. Alrededor hay terrazas llenas de gente donde tomar un aperitivo acompañado de un buen vino o a una cerveza. Enfrente se encuentra la iglesia de San José; la entrada es gratuita y merece la pena visitarla, aunque tan solo sea por ver sus características y diferencias respecto a los templos españoles. Seguro que nos quedó mucho que ver, pero había que aprovechar el día y nos quedaban otras visitas.  

San Juan de Luz

La otra ciudad del País Vasco francés que visitamos fue San Juan de Luz, una ciudad atlántica semejante a la anterior, pero donde se nota mucho más el carácter vasco: casas, calles, tiendas, restaurantes… También aparcamos en un aparcamiento público, con precios franceses: el nivel de vida se nota en muchas cosas. Nos dirigimos a la playa para recorrer su paseo marítimo, y lo primero que nos encontramos fue cantidad de bares y restaurantes en las calles que daban acceso a la playa. Tras un pequeño paseo volvimos a callejear hasta llegar a la plaza de Luis XIV, cerca del puerto, con el ayuntamiento y su ikurriña y numerosos bares donde tomar unos pinchos. Después seguimos por la rue Gambetta, típica calle vasca, y nos detuvimos en la Iglesia de San Juan Bautista.  
 

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Cracovia

Polonia es un gran país situado en Europa Central, con fronteras con Alemania, República Checa, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Rusia (enclave de Kaliningrado) y el mar Báltico. Su historia ha sido muy convulsa, con invasiones de suecos, rusos y alemanes, y con fronteras que han ido cambiando hasta las actuales, que son consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Actualmente es miembro de la Unión Europea, y su mayor crecimiento se ha producido desde que se unió a ella. Sigue manteniendo moneda propia, el zloty (PLN): un euro equivale a unos cuatro zlotys. Es un país de mayoría católica, con una gran cantidad de templos de esta religión. Para viajar dentro del país recomendamos utilizar el tren, muy moderno y con alta velocidad; no es caro y es bastante puntual. Tras pasar un día y medio en Varsovia nos dirigimos a Cracovia, también en tren. Compramos los billetes en ventanilla, con lo que pudimos aplicar algunos descuentos que no nos quisieron aplicar en la compra online a través de Omio o de la app polaca. A las dos horas y media estábamos en Cracovia. Para desplazarnos al hotel solemos utilizar Bolt; sale más barato, aunque no siempre los coches son amplios y los conductores atentos.
Itinerario día 1 (Cortesía de Google Maps).

Día 1: el casco antiguo

Llegamos a mediodía. Nuestro hotel se encontraba frente al castillo de Wawel, con el río Vístula en medio, y las vistas eran envidiables. Comenzamos nuestra visita cruzando por el Puente Dębnicki sobre el Vístula (con muchísimo tráfico); al llegar a la orilla opuesta continuamos por el paseo de ribera en dirección al casco antiguo, Stare Miasto. Nuestro objetivo era la calle Grodzka que va de sur a norte. Es una calle peatonal, con gran número de establecimientos: cafeterías, pastelerías, restaurantes… y tiendas de lo más diverso. Y, cómo no, no podían faltar varias iglesias y monasterios: las Clarisas, la iglesia de San Andrés… Esta vía nos lleva a la plaza principal de la ciudad, la plaza del Mercado, una de las más grandes que he visitado, donde encontramos distintos monumentos. En el centro están unas galerías comerciales cubiertas, la Lonja de los Paños, con múltiples puestos de suvenires, joyerías donde prima el ámbar, ropas típicas, marroquinería… Al suroeste de la plaza se alza la Torre del Ayuntamiento de Cracovia, junto con algunas esculturas antiguas y modernas, y al noreste destaca la Basílica de Santa María, con dos torres majestuosas y también construida de ladrillo. Desde su torre más alta, después de que el reloj marque la hora, se oye una trompeta que toca una melodía desde una de sus ventanas; al terminar, vemos cómo el músico saluda. (Desde la Edad Media, a todas horas, fuera de noche o de día, había en la torre más alta de la iglesia de Santa María un vigilante que advertía de incendios, de enemigos que se acercaban a la ciudad y de otros peligros. Una de las responsabilidades del vigilante era hacer sonar el toque de trompeta: inicialmente, solo al amanecer y al atardecer, para avisar sobre la hora de la apertura o cierre de las puertas de la ciudad y más tarde, desde el siglo XVI, cada hora. La melodía del toque de trompeta, llamada en polaco «hejnał», se convirtió en un símbolo musical de Cracovia). Merece la pena pasear por la plaza, sentarse en alguna de sus terrazas y ver pasar a la gente; y no olvidemos los coches de caballos que esperan a los clientes. Rodeamos la basílica para ver sus distintas puertas y los relieves antes de dirigirnos hacia el norte, donde se encuentra la Barbacana de Cracovia, fortaleza defensiva también de ladrillo. Antes callejeamos un poco y encontramos el Teatro Juliusz Słowacki, al este de la basílica. Rodeando la ciudad vieja hay un parque con arbolado muy agradable para pasear. Rodeamos la Barbacana y entramos por la puerta de San Florián, para seguir callejeando alrededor de la plaza principal, recorriendo algunas calles donde seguimos encontrando edificios religiosos; en todos, o casi todos, está presente el papa Juan Pablo II. https://maps.app.goo.gl/WyJ9nkXqLzxYtybTA Volvemos por la misma calle Grodzka para tomarnos unos pasteles en alguna de las múltiples confiterías, ya es de noche, pero las calles siguen bulliciosas. Llegamos al principio de la calle donde se encuentra la Iglesia de San Gil, con una cruz en el exterior. Enfrente se encuentra la entrada al castillo de Wawel; decidimos rodearlo por el este hasta llegar al río Vístula, donde nos encontramos con la estatua de un dragón que parecía proteger al castillo.

Día 2: Kazimierz, Wawel y el parque de la ciudad vieja

El segundo día nos dirigimos hacia el barrio judío, Kazimierz. Iniciamos nuestro camino en el Vístula y, caminando en dirección al barrio, nos encontramos con un gran templo católico, la basílica del Corpus Christi, también de ladrillo, como todas, y con entrada gratuita; merece la pena visitarla. Tras verla nos dirigimos hacia la Sinagoga Vieja; esperábamos un edificio distinto, pero nos encontramos con uno normal. Pudimos entrar al museo porque los lunes la visita es gratis. Dentro hay una exposición de fotografías, de elementos de la cultura y de la religión judía. Nos sorprende que no haya vigilancia en el exterior como sucedía en nuestra visita a la sinagoga de Budapest. En el exterior hay una pequeña plaza llena de turistas, también vemos algunos judíos ortodoxos con sus trajes negros, su sombrero y sus patillas largas y rizadas. Cerca se encuentra la Sinagoga Remuh, con entrada restringida; junto a ella se encuentra un cementerio judío al que no se puede acceder. El barrio no es distinto a otras zonas de la ciudad. Ahora continuaremos hacia el Cementerio Judío de Cracovia; hay que cruzar bajo las vías del tren para llegar. Nos sorprenden las lápidas, unas junto a otras, casi apiñadas, a la sombra de los árboles. Nos adentramos un poco para captar la belleza del lugar: no hay flores, sino piedras colocadas encima de cada lápida. Salimos para dirigirnos hacia el Castillo de Wawel, fortaleza situada junto al Vístula, en cuyo interior se encuentran distintos edificios: como no podía ser de otra manera, hay varias iglesias, la catedral de Wawel, casas para los soldados, el tradicional patio del castillo y, sobre todo, unas vistas del río y de la ciudad desde sus murallas. La construcción es fundamentalmente de ladrillo rojo, también hay partes de piedra. Salimos hacia la ciudad por la puerta que se encuentra frente a la iglesia de San Gil; hacia el norte encontramos otro templo, la iglesia de la Santísima Trinidad, de estilo gótico. Entramos también y, como en todas, nos sorprenden su riqueza y un arco con un gran crucifijo encima situado en la nave principal. Cerca se encuentran los consulados de Francia, Alemania y EEUU, pero lo más interesante es un bar con terraza cubierta donde nos sentamos a descansar y refrescarnos con una cerveza polaca (12 PLN, unos 3 €). Tras el descanso nos dirigimos hacia el oeste y entramos en el parque que rodea la ciudad vieja, un sitio ideal para pasear y sentarse rodeado de vegetación. Allí, cerca de la Universidad Jaguelónica, encontramos una curiosa estatua: dos matemáticos, Otto Nikodym y Stefan Banach, conversando en un banco. Continuamos subiendo por el parque hasta llegar a la Iglesia de San Francisco, similar a las anteriores, pero en la que encontramos frailes. De aquí continuamos hasta la plaza principal para buscar algún sitio donde comer. Queríamos comida polaca y tuvimos suerte al encontrar un restaurante típico de autoservicio, donde tomamos sopa de gulash, codillo, pierogi y, cómo no, unas cervezas. https://maps.app.goo.gl/X7zje5hYhXNBXKib9
Itinerario día 2. (Cortesía de Google Maps).

La comida

Respecto a la comida, hemos de decir que hay mucha oferta y sorprende sobre todo la cantidad de pizzerías. Hay muchos restaurantes de comida tradicional donde se ofertan los típicos platos polacos, por cierto, bastante contundentes. Cabe destacar los pierogi (empanadillas), las sopas, y algunos platos a base de patatas. La cerveza, magnífica y más barata que el café.  

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Varsovia

Polonia es un gran país situado en Europa Central, con fronteras con Alemania, República Checa, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Rusia (enclave de Kaliningrado) y el mar Báltico. Su historia ha sido muy convulsa, con invasiones de suecos, rusos y alemanes, y con fronteras que han ido cambiando hasta las actuales, que son consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Actualmente es miembro de la Unión Europea, y su mayor crecimiento se ha producido desde que se unió a ella. Sigue manteniendo moneda propia, el zloty (PLN): un euro equivale a unos cuatro zlotys. Es un país de mayoría católica, por lo que no hemos de extrañarnos al ver la gran cantidad de templos de esta religión. Para viajar dentro del país recomendamos utilizar el tren, muy moderno y con alta velocidad; no es caro y es bastante puntual. Nosotros habíamos aterrizado en Gdansk y, tras pasar un día y medio en esta ciudad del norte, nos trasladamos a la capital, Varsovia, en tren: prácticamente sale uno cada hora o menos, con gran variedad de precios en función de la duración del viaje. La capital polaca es una gran ciudad, llena de modernidad y dinamismo; en sus calles se mezclan grandes rascacielos de cristal con los edificios de la época comunista, colmenas de apartamentos todos iguales. Se observa una lucha continua en la que se van sustituyendo estas construcciones por los nuevos rascacielos. Se mantienen las grandes avenidas, surcadas por tranvías y con una circulación de automóviles bastante densa. Lo primero que hice al llegar al hotel fue pedir un plano de la ciudad; prefiero los mapas en papel porque te dan una visión más completa de toda la urbe. Les pedí que me indicaran dónde se encontraban los restos del gueto judío y me sorprendió su respuesta: «No merece la pena». Después descubriríamos que tenían razón.     Nuestra estancia sería de un día y medio. Llegamos por la tarde y buscamos un lugar donde comer; esta vez tocó un restaurante griego-italiano que nos pareció genial, con buena comida y no cara: ‘Olivos’, cerca del hotel Hilton.
Itinerario primer día. (Cortesía de Google Maps).

Día 1: el antiguo gueto y la Vía Real

Nos dirigimos hacia el este por la avenida Grzybowska, donde se pueden observar los rascacielos mezclados con los antiguos edificios comunistas. De pronto nos encontramos con un muro de ladrillo de apenas veinte metros con una placa en la que se indica que pertenecía a la muralla del antiguo gueto judío creado por los nazis alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Seguimos caminando y pronto encontramos la sinagoga Nożyk; desde fuera no parece un edificio emblemático, por lo que nos decepcionó, y está escondida detrás de una pequeña arboleda. Es sorprendente cómo el régimen comunista no pareció tener interés en mantener estas edificaciones. Continuamos hacia el este para llegar al Jardín Sajón, donde encontramos el monumento al Soldado Desconocido, un sencillo lugar con varios pebeteros y dos soldados permanentemente de guardia. Presenciamos el cambio de guardia que se produce cada hora. Delante de este monumento encontramos una gran plaza sin árboles ni jardines, rodeada de edificios antiguos, entre ellos el palacio Potocki, y detrás el hotel Bristol; en la misma calle, un poco hacia el norte, se encuentra el Palacio Presidencial y, junto a él, la iglesia de los Carmelitas.     Tras ver desde fuera el palacio Presidencial y entrar en la iglesia de los Carmelitas, de entrada gratuita y que merece la pena. Podemos ver la riqueza de la iglesia polaca, la gran devoción que profesan al papa Juan Pablo II y a la Virgen de Częstochowa. Ahora nos dirigimos hacia el sur, por la avenida Krakowskie Przedmieście, donde encontramos edificios de la universidad y, cómo no, templos católicos como la basílica de la Santa Cruz (Bazylika Świętego Krzyża). Llegaremos al monumento a Nicolás Copérnico, que se encuentra delante del Palacio Staszic. Continuaremos hacia el sur por la calle Nowy Świat, atestada de cafeterías, bares y restaurantes, hasta llegar a una calle peatonal, Foksal, donde los jóvenes y no tan jóvenes se reúnen para tomar cerveza. Al final de esta calle, al lado de un parque, se encuentra el Museo Fryderyk Chopin. De regreso al hotel escogimos la avenida Świętokrzyska, pasando al lado del gran rascacielos que Stalin regaló a los polacos tras la finalización de la guerra. Actualmente se utiliza como centro cultural. Puede subirse a la torre y tener una panorámica de Varsovia.  

Día 2: la ciudad vieja

El segundo día nos dirigimos a la ciudad vieja de Varsovia, Stare Miasto, muy distinta del resto de la urbe. Partimos de la avenida de la Solidaridad, llegamos al Jardín Sajón y nos dirigimos hacia el noreste hasta el teatro Wielki; siguiendo en esa dirección, nos encontramos con el Castillo Real de Varsovia; delante hay una gran plaza con la columna de Segismundo III, rey de Polonia. Desde aquí nos dirigimos a la catedral de San Juan de Varsovia, monumento también de ladrillo que puede visitarse. Continuamos por la misma calle hasta llegar a la plaza Rynek Starego Miasta, en cuyo centro se encuentra la escultura de la Sirenita de Varsovia. Es una preciosa plaza con casas típicas, chiringuitos de comida y cafeterías. Cerca se encuentra la Antigua Torre de Varsovia. Seguimos hacia el norte por la calle Nowomiejska para llegar a la Barbacana de Varsovia, fortificación también de ladrillo: una puerta con torres circulares que servía de entrada y defensa de la ciudad. Continuamos hacia el norte deteniéndonos en las numerosas iglesias y conventos (la iglesia de San Jacinto, la de la Visitación de la Virgen María, la de San Casimiro…) hasta que llegamos a un mirador sobre el río Vístula, donde se encuentra el monumento a Marie Curie. Descansamos en los bancos que se asoman al río y disfrutamos de las vistas.   A continuación nos perdimos por las calles de este barrio, disfrutando de las casas típicas, de las iglesias y de las tiendas de recuerdos y de ámbar. Buscamos un lugar donde comer los platos típicos polacos y una buena cerveza. Recomiendo el restaurante Zapiecek, en la calle Freta. Tras una copiosa comida de pierogi, gulash, croquetas polacas y patatas, seguidas de un buen café expreso, seguimos paseando por la ciudad antigua hasta llegar al palacio Krasiński, con su parque aledaño, y al Monumento al Levantamiento de Varsovia, bastante moderno. Desde aquí volvimos hacia el Palacio Presidencial para recorrer las grandes avenidas y disfrutar del contraste entre lo antiguo y lo nuevo.  
Itinerario segundo día. (Cortesía de Google Maps).

La comida

Respecto a la comida, hemos de decir que hay mucha oferta y sorprende sobre todo la cantidad de pizzerías. Hay muchos restaurantes de comida tradicional donde se ofertan los típicos platos polacos, por cierto, bastante contundentes. Cabe destacar los pierogi (empanadillas), las sopas, y algunos platos a base de patatas. La cerveza, magnífica y más barata que el café.     Cerveza pilsen polaca:  

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Gdansk (Polonia), la perla del Báltico

Polonia es un gran país situado en Europa Central, con fronteras con Alemania, República Checa, Eslovaquia, Ucrania, Bielorrusia, Lituania, Rusia (enclave de Kaliningrado) y el mar Báltico. Su historia ha sido muy convulsa, con invasiones de suecos, rusos y alemanes, y con fronteras que han ido cambiando hasta las actuales que han sido consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Actualmente es miembro de la Unión Europea, habiéndose producido su mayor crecimiento desde que se unió a ella. Sigue manteniendo moneda propia, el zloty (PLN); un euro son unos cuatro zlotys. Es un país de mayoría católica, algo que se demuestra por la gran cantidad de templos de esta religión que hay en sus ciudades. Gdansk es una ciudad del norte de Polonia a orillas del mar Báltico, la perla del norte, que pasó por distintas manos: Prusia, Alemania y ahora Polonia. Dicen que aquí comenzó la Segunda Guerra Mundial. Famosa por ser la ciudad del ámbar y por ser el puerto desde el que se exportaba el grano de las llanuras polacas. En el siglo XX fue la cuna de la rebelión frente al sistema comunista que gobernaba en esos momentos: a través del sindicato Solidaridad de Lech Wałęsa se pudo producir un cambio hacia el actual sistema democrático. Para viajar dentro del país recomendamos utilizar el tren, muy moderno y con alta velocidad; no es caro y es bastante puntual. Para nosotros ha sido todo un descubrimiento. Su casco antiguo, reconstruido tras la gran guerra, conserva la magia de las ciudades del norte: cuidado, peatonal, con sus edificios estrechos y las iglesias, algo que no puede faltar en Polonia. Las construcciones son casi todas de ladrillo, ya que no había canteras de piedra, por lo que las torres, las murallas y los templos están construidos con este material rojo.

No hay que olvidar que se trata de una urbe surcada de canales navegables por donde entraban los barcos que iban a cargar cereales; de hecho, posee una gran grúa junto al canal, que se considera un monumento representativo de la ciudad.
Itinerario (Cortesía de Google Maps) (Gdansk)
Itinerario (Cortesía de Google Maps).

Recorrido de un día

En nuestro itinerario por un día, comenzamos en el Puente Stągiewny, sobre el río Nowa Motława; lo primero que encontramos es la Torre Stągiewna, una de las torres defensivas de la ciudad, popularmente llamadas Ollas de Leche por su forma. Continuamos hacia el oeste y atravesamos la Puerta Verde, que da acceso a la calle Długi Targ, vía peatonal con las casas típicas de la zona, edificios estrechos con tres o cuatro plantas con murales y relieves, y de distintos colores. La calle está repleta de establecimientos de restauración con sus terrazas, con toldos y sombrillas. Avanzamos hasta llegar a la fuente de Neptuno, lugar obligado para hacer una fotografía, que tiene detrás la casa Artus Court (casa de reuniones de comerciantes, convertida actualmente en museo). En una calle paralela, hacia el norte, se encuentra la Basílica de Santa María, de estilo gótico, construida en 1502, de ladrillo y con una capilla real, es la iglesia de ladrillo más grande del mundo. Podemos visitarla e incluso, por un módico precio, subir a la torre. Dentro del templo cabe destacar el reloj astronómico. Volvemos a la calle Długa, y nos encontramos con el Museo de Gdansk, antiguo edificio del ayuntamiento con su torre también de ladrillo con un reloj (también se puede visitar por un módico precio). Sigamos recorriendo sin prisas esta calle, contemplando las fachadas de sus casas, como hemos dicho, algunas tienen frescos muy bonitos, así pronto llegaremos a la Puerta Dorada. Detrás encontramos una plaza con un edificio de ladrillo, antigua cárcel, donde podemos acceder al patio y contemplar grilletes y demás útiles de tortura. Detrás de este edificio se encuentra una nueva puerta denominada Alta. Ahora giraremos hacia el norte en busca del canal, para poder ver la gran grúa y el barco pirata que se utiliza para recorrer los canales, también hay otros barcos museo que permanecen atracados. Recomendamos pasear por la ribera: en la margen izquierda encontramos la ciudad vieja y en la derecha edificios modernos que indican cómo ha ido cambiando la urbe. Recomendamos pasear por la noche haciendo el mismo recorrido, tanto por el canal como por la calle Długa.

La calle Mariacka

Nos sorprendió por pequeña y encantadora la calle Mariacka, llena de joyerías donde se venden sobre todo productos basados en el ámbar. Los establecimientos están en casas antiguas decoradas con estatuas, gárgolas…; tiene mucho misterio pasear por ella.  

Gastronomía

Respecto a la comida, hemos de decir que hay mucha oferta y sorprende sobre todo la cantidad de pizzerías. Hay muchos restaurantes de comida tradicional donde se ofertan los típicos platos polacos, por cierto, bastante contundentes. A destacar: los pierogi (empanadillas), las sopas, salchichas y algunos platos a base de patatas. La calle Piwna es un lugar donde comer esta comida tradicional polaca. La cerveza, magnífica y menos cara que el café.  
   

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Florencia

Italia es un país sorprendente, grandioso en cuanto a patrimonio arquitectónico, escultórico y pictórico, y Florencia es una ciudad que no podemos perdernos: toda ella es historia. Llegamos en tren procedente de Venecia (los ferrocarriles italianos son bastante buenos y puntuales) y, tras dejar las maletas en el hotel nos dirigimos a disfrutar de la ciudad. Primero, hacia el sur, cerca de la estación, encontramos la iglesia de Santa María Novella; la plaza en la que está es amplia con muchas terrazas donde tomar algo mientras contemplamos la fachada del templo.

Florencia

De San Lorenzo a la Piazza del Duomo

Tras un pequeño refrigerio tomamos dirección nordeste para llegar a la Basílica de San Lorenzo y la Capilla de los Médici, que parece algo dejada con su color marrón. Seguiremos un poco al este encontrándonos con el Palacio Medici Riccardi, del siglo XV. Ahora giramos al sur para encontrarnos de sopetón, tras pasar una esquina con un edificio majestuoso, algo que no habíamos visto nunca y que al verlo en persona nos deja anonadados, sorprendidos, estupefactos… de que la mano del hombre haya sido capaz de crear algo tan bello. Estamos en la Piazza del Duomo, el lugar más turístico de la ciudad; lo que está delante es la Catedral de Santa María del Fiore, enfrente el Battistero di San Giovanni, y dominándolo todo el Campanile de Giotto, todo de mármol blanco, verde y rojo, con puertas de bronce labrado, la más destacada la Puerta del Paraíso de Ghiberti. Destaca la grandiosa cúpula, que se observa desde toda la ciudad, una estructura de 114,5 metros de altura; parece imposible que se mantenga en pie.

Pero aún nos quedan sorpresas: si seguimos hacia el sur llegaremos a la Piazza della Repubblica, donde podemos detenernos a tomar un tente en pie; cerca se encuentra la Iglesia Orsanmichele, un precioso edificio medieval que maravilla por su fachada con esculturas y un interior con joyas como los frescos pintados en las bóvedas, las vidrieras y el cuadro de la Virgen que encierra.

Piazza della Signoria y los Uffizi

Seguimos hacia el sur hasta casi toparnos con la Loggia del Mercato, aquí debemos detenernos para frotar el hocico de la estatua del jabalí, lo que nos asegurará la vuelta a esta ciudad. Y enfrente, la Piazza della Signoria, gran plaza llena de esculturas, fuentes y edificios históricos que es un verdadero museo al aire libre. En la plaza sobresale el Palacio Vecchio, y en ella puedes ver la magnífica estatua de Perseo con la cabeza de Medusa, la enorme fuente de Neptuno y las esculturas de mármol de Hércules y Caco y la copia del David de Miguel Ángel (el original se encuentra en la Galería de la Academia). En el sur de la plaza se encuentra la Galería Uffizi, uno de los museos más importantes del mundo, con más de cuarenta salas, visita obligada en la que al menos tardaremos dos horas en recorrer sus salas. Desde el museo tendremos ocasión de tener una vista en altura de la ciudad, de la catedral y del puente Vecchio. Recomendamos hacer la reserva online de todos los sitios que queramos visitar (hay que indicar que no son baratos); podemos hacerlo en la página Museos de Florencia.

El Puente Vecchio y el Piazzale Michelangelo

Nos dirigiremos hacia el sur para llegar al río; a la derecha podemos ver el Puente Vecchio sobre el río Arno, que se caracteriza porque hay casas construidas encima. Si nos acercamos veremos que casi todas esas casas son joyerías; los que dispongan de dinero pueden detenerse y comprar algo. Es obligado situarse en el centro del puente y hacer unas fotos. Cruzamos, seguimos la calle en dirección sureste y encontraremos el Palacio Pitti y los jardines de Boboli.

Es interesante acercarse al mirador o plaza de Michelangelo, se encuentra cruzando el río. Se puede subir a pie, pero es mejor coger el autobús número 12 que para frente a la estación de ferrocarril; los billetes no son caros, y os recuerdo que hay que validarlos para evitar la correspondiente multa. Desde este mirador se tienen unas vistas espectaculares de la ciudad.

Comer en Florencia

Hemos hecho un recorrido de los lugares más importantes que visitar en esta grandiosa ciudad de la Toscana italiana; necesitamos al menos un par de días para hacer la visita, y no debemos olvidarnos de la comida y del vino de la zona. Aparte de la pasta, nos sorprende la carne, los chuletones de ternera expuestos en los restaurantes, regados con un buen vino tinto, nos sabrán mucho mejor.

Galería Uffizi:

Excursiones a Siena y Pisa

Desde Florencia podemos acercarnos a Siena y a Pisa; hay numerosas excursiones organizadas, lo único es que la duración de casi todas roza las doce horas (autocar más visitas); algunas incluyen la parada en una bodega para degustar los vinos de la tierra.

 

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Venecia

Es sin duda una de las ciudades más bellas y singulares del mundo, gracias a la peculiaridad que supone estar levantada sobre una laguna en el mar Adriático: sus calles estrechas se cruzan continuamente con canales y, como dicen, cada casa tiene dos puertas, una a tierra y otra al agua. Entrar en esta bella ciudad en vaporetto es introducirse en otro mundo, deleitarse con sus palacios, iglesias y casas. Pero es que, cuando tomas tierra y accedes a su interior, te quedas sorprendido por el laberinto de calles, por los canales atravesados por puentes, con las góndolas navegando por todos los lugares. Y algo que también llama la atención es la gran cantidad de comercios de distintos tipos y de restaurantes que hay en todas sus calles.

¿Cómo llegar?

Podemos hacerlo por avión, tren e incluso autocar, pero en todos los casos tendremos que tomar un barco para acceder al centro de la ciudad. Si llegamos por aire, lo normal es aterrizar en el aeropuerto Marco Polo, pero también se utiliza el de la ciudad cercana de Treviso. Existen autobuses lanzadera que nos acercan a Piazzale Roma, desde donde parten los autobuses fluviales, los vaporettos, que nos llevarán a los distintos sitios de la ciudad. Ojo, el transporte es caro: un billete de vaporetto, válido durante noventa minutos, cuesta 9,5 €, pero es que un taxi acuático te puede salir por más de 60€. En el caso de llegar en tren, deberíamos hacerlo a la estación de Santa Lucía, que está a las puertas de la ciudad. Por cierto, los transportes ferroviarios en Italia son de gran calidad y muy puntuales.

¿Dónde alojarse?

Todo dependerá de tu economía: puedes alquilar un apartamento o bien ir a un hotel. Yo recomiendo hacerlo dentro de la ciudad porque merece la pena salir y perderse en las calles a la hora que quieras. Hay quien decide alojarse en alguno de los hoteles de la Piazzale Roma  y desde ahí patearse la ciudad.

Día 1: San Marcos, La Fenice y Rialto

En nuestro primer día, como nuestro hotel estaba muy cerca de la plaza de San Marcos, nada más desayunar ya estábamos en ella, y nos quedamos sorprendidos de la majestuosidad de ese conjunto arquitectónico. En el centro se encuentra el Campanario de San Marcos, al norte la Torre del Reloj con el león de Venecia y las dos figuras que sujetan los martillos que golpean la campana; al este, el Palacio Ducal, con sus grandes salas y el puente de los Suspiros, que lo une a la antigua prisión, y al oeste, el Museo Correr. Destacamos la Basílica de San Marcos con sus pórticos y sus mosaicos. Hay que entretenerse disfrutando de las vistas y de los detalles de cada uno de los monumentos. Recomiendo entrar en el Palacio Ducal y en el Museo Correr, para ello necesitaremos casi toda la mañana y hay que pagar; conviene reservar previamente para no tener que hacer colas, y recomiendo adquirir las entradas en la página de Venezia Unica. A continuación nos dirigimos hacia el oeste, nuestro destino es el teatro La Fenice. Pasamos por calles estrechas, cruzando algunos canales; en el camino podemos observar las famosas y típicas góndolas. (Un paseo cuesta unos 30€ por persona). El teatro es un edificio magnífico con un espectacular anfiteatro en el que dominan los dorados de sus palcos; podemos encontrar referencias a María Callas en sus pasillos. La entrada estaba incluida en el pase de Venezia Unica.
Recorrido del primer día. (Cortesía de Google).
Volvemos callejeando a San Marcos y ahora nos dirigimos hacia el este recorriendo los muelles que dan al canal; enfrente, en la orilla opuesta, distinguiremos la basílica de San Giorgio Maggiore, y y un poco más hacia el oeste, en la otra orilla, la basílica de Santa Maria della Salute. En el muelle nos encontramos barcos, taxis fluviales y góndolas. Seguimos caminando, cruzando distintos puentes sobre los canales que se internan en la ciudad, hasta llegar a la Chiesa della Pietà. Podemos entonces dirigirnos hacia el noroeste callejeando para llegar al Puente de Rialto, uno de los pocos puentes que hay sobre el Gran Canal. En el camino atravesaremos de nuevo pequeños canales, y nos sorprenderá la cantidad de comercios de ropa, zapatos y cristal de Murano, y de locales de restauración que hay en el camino. Llegaremos al puente y haremos las correspondientes fotos desde el punto más alto; a ambos lados veremos el canal con los vaporettos, góndolas, taxis… sobre el agua. Alrededor del puente hay mercadillos, puestos donde se venden distintos productos para los turistas, cristales de Murano, recuerdos, ropa, zapatos… y, sobre todo, establecimientos para comer y para tomar unos vinos o unas cervezas.

¿Qué comer?

Creo que no hay demasiadas dudas: pasta y pizza, aunque también hay bocadillos y, en algunos sitios, hasta tapas; eso sí, la base principal siempre es la masa y el pan.

Día 2: Murano, Burano y la otra orilla

El segundo día teníamos planeada una excursión en barco a las islas de Murano y de Burano. Hay distintos tours organizados a los que es fácil unirse; basta con buscar en internet. El barco que tomamos nos llevó a través de la laguna hasta llegar a Murano, isla donde se encuentran las famosas fábricas de cristal del mismo nombre. El barco atraca en un pequeño muelle por el que se accede a una fábrica donde nos hacen una demostración de cómo trabajar el cristal: en unos diez minutos, el maestro vidriero fabrica un jarrón y una figura, un caballo. A continuación nos pasan a una gran tienda donde se exhiben sus productos. Después, un paseo por la isla y sus canales. Tras el paseo volvemos al barco para dirigirnos a la otra isla, Burano, famosa por sus casas de colores (dicen que los pescadores querían distinguir así sus casas). Con sus canales, esta isla es famosa también por la elaboración artesanal de encajes. La visita a Burano me resultó más gratificante que la de Murano. Cuando volvemos a Venecia ya es por la tarde; hemos comido en Burano. Ahora nos toca pasear de nuevo por sus calles: queremos cruzar el Gran Canal y visitar la otra orilla. Decidimos hacer el camino largo: desde el muelle cercano a la plaza de San Marcos nos dirigimos hacia el puente de la Academia, siempre por estrechas calles a cierta distancia del canal, porque no hay aceras que permitan caminar junto a él. Cruzamos pequeños canales, atravesamos distintas plazas, con iglesias como Chiesa di Santa Maria del Giglio, la plaza Campo Santo Stefano, Chiesa di San Vidal, y llegamos al Puente de la Academia. Este puente es de madera, distinto al de Rialto, pero con unas vistas parecidas. Lo cruzamos e inmediatamente nos encontramos con las Galerías de la Academia, museo de arte veneciano del siglo XIII al XVIII, con cuadros de Tiziano, Canaletto y Tiepolo. Callejeamos hacia el este y llegamos a otro edificio, la basílica de Santa Maria della Salute. A la vuelta, mientras callejeamos, buscamos un lugar donde cenar; las luces de las calles son tenues, no como las que estamos acostumbrados a ver en España. Después de cenar dimos un paseo hasta el puente de Rialto para ver la ciudad de noche, y encontramos a muchos jóvenes tomando copas en las puertas de los locales.
Recorrido del segundo día. (Cortesía de Google).

Treviso

Dado que estábamos en el Véneto y que nuestro avión partía del aeropuerto de la cercana Treviso, hicimos una visita a esta pequeña ciudad, cuna de la marca United Colors of Benetton. No sé si será por eso, pero nos sorprendieron los altos precios de las prendas de vestir y de las zapatillas deportivas que mostraban los escaparates de su calle principal.   En Treviso, además de las iglesias, tan típicas de todas las ciudades italianas (el Duomo, la iglesia de San Nicolás…), destaca el río que la atraviesa, con sus puentes y sus norias, que aún giran aunque ya no tienen uso. Paseamos por las calles partiendo de la catedral hacia la piazza dei Signori, donde encontramos diversos comercios y restaurantes. Pero si nos adentramos hacia el este, encontraremos el canal que cruza la ciudad, con el puente de San Francisco, la Isola della Pescheria, las norias… calles acogedoras para pasear y lugares donde sentarse al fresco a tomar algo.

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Budapest

Si Viena es la ciudad imperial, ¿qué puede decirse de Budapest? En mi opinión, la capital húngara supera a la austriaca; ambas compartieron la capitalidad durante la vigencia del Imperio austrohúngaro, algo que se nota en la amplitud y calidad de sus construcciones. Las dos tienen al Danubio como centro, en el caso de Budapest, su nacimiento fue consecuencia de la unión de Buda y Pest, separadas por el río: la primera, situada en la colina, donde se construyeron los palacios imperiales, y la segunda, en la llanura, donde se concentraban el comercio y la economía. Entre ambas se construyeron los puentes que las unen. Tras la derrota en la Primera Guerra Mundial, el país vio reducido su territorio de forma importante. Nos sorprende que en la mente de los húngaros aún esté latente la idea de recuperarlo todo y volver a su anterior esplendor. De hecho, en nuestra anterior visita a Eslovaquia nos explicaban que Hungría sigue manteniendo sus símbolos en su bandera y que los húngaros no aceptan la existencia de Eslovaquia. Algo que de alguna manera une a ambos países fue su comportamiento durante la Segunda Guerra Mundial, cuando apoyaron a la Alemania nazi, para luego cambiar de chaqueta y querer hacerse amigos de los soviéticos. Aunque hay que recordar que en 1956 los húngaros se rebelaron contra el dominio soviético, saliendo a la calle, pero esa revolución fue aplastada por los tanques soviéticos. Uno de los días de nuestra visita se celebraba la fiesta nacional con alusiones a esa revolución, exposiciones fotográficas…
Monumento Soviético a la Liberación en la Plaza de la Libertad.
La comida es la propia de esta zona europea, platos contundentes a base de carne: el más famoso, el gulash; la sopa de tomate, el risotto de pato, las salchichas… acompañados de un vino blanco o tinto de la tierra o de una fresca cerveza.

Día 1: el barrio judío, el Mercado Central y el Danubio

Como llegamos a mediodía, comenzamos la tarde en un lugar próximo a nuestro apartamento, en el barrio judío: la Gran Sinagoga de Budapest, creo que la segunda más grande del mundo. Esperábamos mayor presencia policial por el estado de guerra entre Israel y Hamas, sin embargo tan solo había dos policías. En sus patios pudimos ver el árbol de la vida y el cementerio; no entramos porque estaba cerrada al ser sábado. Desde ahí nos dirigimos hacia el sur por la gran avenida del Museo hasta llegar al Museo Nacional Húngaro, donde había una exposición de fotografía; la entrada era en parte gratuita, con lo que pudimos acceder a alguna de las exposiciones con fotografías de la revolución de 1956 contra la URSS. Continuamos por la avenida hacia el río Danubio y, al llegar, nos encontramos con un imponente edificio, el Mercado Central; conviene visitarlo para apreciar su grandeza y la gran variedad de productos que se ofrecen. Al lado, cruzando el río, se encuentra el puente de la Libertad, de acero y pintado de verde. Cruzando a la otra ribera podemos distinguir el Balneario Gellért, de aguas termales, algo casi obligado al visitar esta ciudad; recordad llevar el bañador y una toalla. Volvimos a cruzar el puente y seguimos hacia el norte bordeando el río; nos encontramos con diversos establecimientos de restauración con sus terrazas, y los barcos o cruceros que recorren el río, especialmente de noche para ver iluminados los distintos edificios: Parlamento, Palacio de Buda, Mercado Central… Llegamos a la Plaza Belgrád, desde donde nos dirigimos hacia el noreste por calles peatonales llenas de comercios; es una parte más moderna, donde hay bastante gente. Llegamos a la noria de Budapest, algo que parece común en todas las ciudades europeas. Desde este punto hacia el este podemos ver un edificio amarillo que necesita restauración donde se encuentra el museo subterráneo del ferrocarril. Desde aquí nos dirigimos de nuevo al barrio judío para disfrutar del ambiente de los bares en ruinas: se trata de unos edificios que se encontraban en ruinas y que fueron renovados con materiales reciclados para construir espacios de ocio, pubs, bares… Tomaos una cerveza o una copa y disfrutad del ambiente nocturno.
Itinerario (Cortesía de Google Maps).
 

Día 2: el Parlamento, San Esteban y la avenida Andrássy

Comenzamos el día desde el Barrio Judío y nos dirigimos hacia el oeste hasta el río, pasando por las mismas calles que la noche anterior. Al llegar al Danubio observamos los barcos atracados y preguntamos por el crucero nocturno; es conveniente reservar porque pronto se acaban los pases y no podemos irnos de Budapest sin esa visión de la ciudad, los precios varían; nosotros adquirimos un pase por 15 €, para una hora de paseo por el río. Seguimos por la ribera hacia el norte, viendo los edificios de Pest, hasta llegar al puente de las Cadenas, que une Pest con Buda, impulsado por el conde István Széchenyi; en esta ocasión estaba engalanado con banderas de Hungría, ya que al día siguiente se celebraba la fiesta nacional. Cerca del puente hay un monumento a los judíos que fueron ejecutados durante la Segunda Guerra Mundial: son unos zapatos donde la gente deposita flores. Los alemanes y los nazis húngaros llevaban a los judíos del gueto hasta el río, les hacían desnudarse y dejar sus zapatos y los ataban unos a otros con alambre de espino; a las dos personas de los extremos, las más grandes y pesadas, les disparaban en la nuca y, al caer, arrastraban al resto, que morían ahogados y de frío. En la ciudad se encuentran muchas estatuas con distinto significado, aquí veréis unas cuantas fotos. Nuestro destino principal era el Parlamento, uno de los más grandes del mundo, muy parecido al británico. Dicen que en su construcción no se escatimó en gastos: se presentaron tres proyectos y, en lugar de elegir uno, se llevaron a cabo los tres: el más caro y ostentoso sería el parlamento y los otros serían edificios oficiales. Desde la plaza Kossuth Lajos, situada detrás, nos dirigimos hacia la basílica de San Esteban, pero antes nos detuvimos en la plaza de la Libertad, donde se encuentra el monumento a los soldados soviéticos que liberaron Budapest de los nazis, un monumento controvertido. Delante, en el suelo, hay unas maletas que recuerdan a los judíos asesinados, y también hay dos estatuas de los presidentes Reagan y Bush que simbolizan el acercamiento de este país a los EEUU y que es la contrapartida a la dependencia soviética.
(Cortesía de Google Maps).
Llegamos a la basílica de San Esteban, magnífico edificio al que se llega por una calle peatonal, donde encontramos la escultura de un policía húngaro barrigón. La entrada a la basílica es gratuita. Desde aquí nos dirigimos a la calle más famosa de esta ciudad, la avenida Andrássy, donde se encuentra el edificio de la Ópera. Continuamos por esta calle principal hasta toparnos con un escenario donde se iba a celebrar el día de la nación húngara. A continuación nos dirigimos hacia el sur hasta llegar al famoso Café New York, donde una cola nos indicaba lo concurrido que estaba; dicen que lo importante es ver su interior y que las consumiciones no son nada del otro mundo, pero valen su precio.

Día 3: Buda, el Bastión de los Pescadores y el palacio

Partimos de nuevo del barrio judío y, callejeando hacia el oeste, nos dirigimos hacia el puente de las Cadenas; hay que detenerse y desde el centro disfrutar del río y de la vista del Parlamento. Cruzamos a la otra orilla y buscamos el camino de acceso a Buda. Hay tres posibilidades: coger el funicular, que cuesta unos 4 o 5 € por trayecto y persona; buscar unas escaleras mecánicas, que no logramos localizar, o subir a pie por la calle que discurre debajo del Bastión de los Pescadores, que es lo que hicimos. La pendiente no es excesiva y en unos quince minutos estábamos a la entrada del Bastión; subimos las últimas escaleras y nos encontramos con una gran plaza donde se encuentran la iglesia de Matías, neogótica, y el famoso Bastión de los Pescadores con sus siete torreones. La vista desde este monumento es magnífica, podemos ver la orilla opuesta con el edificio del Parlamento, el Puente de las Cadenas, la basílica de San Esteban,… y el gran barrio de Pest. Paseamos por el Bastión, disfrutando de las magníficas vistas y nos dirigimos hacia el Palacio Imperial de Buda, complejo palaciego con distintos edificios, con estatuas conmemorativas de reyes y dignatarios, con sus plazas y jardines, y, sobre todo, con la panorámica que ofrece esta posición privilegiada: si nos asomamos al este, veremos Pest, y si nos asomamos al oeste, otro tipo de ciudad, donde predominan los palacetes y chalets. Aquí pasamos varias horas y, como era la fiesta nacional, nos encontramos con el desfile de un batallón de soldados de época, con una boda con trajes típicos e incluso con un cambio de guardia en uno de los edificios gubernamentales. Tocaba bajar e ir a comer. Habíamos reservado en el restaurante Menza, famoso establecimiento cerca de la avenida Andrássy donde se pueden degustar los platos típicos húngaros y sus vinos; allí tomamos un gulash y un risotto de pato acompañados de un vino tinto de uva merlot. Buena comida y buen servicio, en un ambiente acogedor y tranquilo, aunque siempre se echa de menos que nos hablen en español y hay que recurrir al inglés. Por la noche nos esperaba el crucero por el Danubio, una hora en un barco abarrotado que nos permitió tener la vista nocturna de la ciudad con sus principales monumentos iluminados y algunos de ellos engalanados con los colores de la bandera nacional. Tras el paseo en barco nos dirigimos hacia los bares en ruinas para despedir la noche.

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Viena

Viena, ciudad imperial Cuando oímos hablar de la capital de Austria inmediatamente pensamos en la ciudad imperial, la capital del Imperio austrohúngaro, una ciudad espléndida que nos ofrece magníficos monumentos y una amplia oferta cultural. Para visitar sus monumentos a un coste asequible, podemos adquirir el Vienna Pass, que cuesta más de 80 € por un día, pero con el que podemos entrar de forma gratuita a la mayoría de los monumentos, y he de decir que es rentable porque la entrada individual cuesta de media 20 o 25 € por visita. Hay que advertir de su alto nivel de vida, con precios superiores a los que tenemos en nuestro país, y como siempre notaremos que la comida que nos ofrecen es poco variada y no demasiado apetecible: ​ salchichas, gulash, pollo… casi nada de pescado, pero podemos acompañarlo con de una buena cerveza. En más de una ocasión recurrimos a comprar un bocadillo de salchichas y una cerveza, pero ojo: el precio será superior a los siete u ocho euros por persona. Si vamos a un restaurante, el importe de un plato único junto a la bebida posiblemente sea de más de veinticinco euros por persona. La alternativa a esos platos rudos y contundentes es la comida internacional.
Tarta Sacher.
Seguro que os habrán hablado de la famosa Cafetería Sacher, con la tarta de chocolate del mismo nombre. Si vamos, habremos de hacer cola, y deberemos pagar 7 € por un café y 9 € por una porción de tarta; para mí, buen chocolate, pero el bizcocho bastante soso. Ojo, revisad la cuenta por si incluye un concepto ‘servicio’.     Si algo me ha sorprendido al comenzar a pasear por esta ciudad son sus avenidas, amplias y llenas de cables para los tranvías. La luminosidad en las noches es más bien pobre, con esas luces amarillas tan características de las ciudades del centro de Europa.

Itinerario del día 1

Partimos del parque de la Ciudad de Viena, el Stadtpark, donde se encuentra el monumento a Johann Strauss, algo que ya nos indica la unión de esta ciudad con la música. Nos dirigimos hacia el sur y pronto encontramos otro conjunto escultórico, dedicado esta vez a Beethoven, tras el que se encuentra una casa-museo dedicada a este excepcional músico. Justo enfrente hay una sala de conciertos, la Wiener Konzerthaus (1913). Continuamos hacia el sur en una mezcla de edificios antiguos y nuevos, pero sin desentonar, hasta llegar a una fuente tras la que se encuentra el Monumento a los Héroes del Ejército Rojo, que conmemora la ‘liberación’ de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial.
Itinerario día 1. (Cortesía de Google Maps).
Seguimos hacia el sur para encontrarnos con los jardines del Palacio de Belvedere, inspirado en el Versalles francés, aunque con sus diferencias; en él se encuentran diversos edificios que se pueden visitar solo en parte, ya que están en restauración. Dedicamos una hora para recorrer los jardines, disfrutar de las fuentes e incluso de alguna ardilla que corre o sube a los árboles. Damos la vuelta por el mismo espacio, pero en dirección noroeste; salimos del complejo y podemos vislumbrar un magnífico edificio, la Iglesia de San Carlos Borromeo, que podemos visitar gratis. Bordeamos el parque anexo por el norte y llegaremos al gran edificio de la Ópera Estatal de Viena (Wiener Staatsoper); cerca está el que dicen que es el mejor quiosco de salchichas de Viena, y ojo con el precio. Ahora toca comer. Buscamos un restaurante típico y nos han recomendado el Zum Bettelstudent, un lugar con menús y un ambiente muy agradable, entre madera y toneles de cerveza. La comida, la típica; una cosa curiosa es que algunos platos llevan asociada una pequeña ensalada de lechuga y una sopa caliente, y después llega una especie de sartén con lomo en tacos, patatas y un huevo frito. Para la sobremesa volvimos a la zona de la Ópera de Viena e hicimos cola en el Café Sacher (es preferible reservar por internet); como siempre, había muchos españoles. Después de disfrutar de la tarta Sacher original y de un café, todo a precio de oro, nos dedicamos a pasear por las calles y avenidas próximas hasta que llegó la noche y fuimos a cenar, esta vez comida internacional.

Itinerario del día 2

Itinerario día 2. (Cortesía de Google Maps).
Comenzamos en el mismo lugar que el día anterior, pero esta vez dejamos a la izquierda a Beethoven, subimos hacia el noroeste y encontramos zonas donde los edificios modernos se mezclan con los antiguos, y la Casa de la Música. Seguimos callejeando hasta llegar a la Catedral de San Esteban, recomiendo visitarla porque encierra grandes tesoros, además de su espectacularidad arquitectónica: sus dos puertas de entrada, su tejado de azulejos y la gran torre de unos 136 m, a la que es posible acceder y desde la que disfrutaremos de una vista excepcional de la ciudad. Siguiendo hacia el noroeste nos encontramos con la iglesia de San Pedro, del siglo XVIII, donde se celebran conciertos de órgano casi diarios. Nuestra siguiente parada es la Iglesia Votiva, construida en el siglo XIX en agradecimiento porque el emperador Francisco José salió indemne de un intento de magnicidio. La visita es gratuita y merece la pena entrar para ver su espectacularidad. Ahora giraremos hacia el sur, pero antes tomaremos una cerveza en el Restaurante Einstein, típico local austriaco con todo de madera. Tras el descanso seguiremos hacia el sur hasta llegar al edificio del Ayuntamiento, espectacular como todo en Viena, y ya tendremos a la vista el complejo palaciego de Hofburg, donde, además de palacios, estatuas y museos, está la famosa Escuela Española de Equitación; para entrar y ver el espectáculo es necesario reservar con antelación. Ver todo el complejo nos llevó casi todo el día; como curiosidad, merece la pena ver el edificio dedicado a la emperatriz Sisi. ​ Para terminar nos dirigimos al famoso mercado Naschmarkt de Viena, formado por numerosas barracas donde se ofrecen los productos más diversos: quesos, aceitunas, chocolates… junto con numerosos restaurantes de todos los estilos, desde el típico vienés hasta restaurantes internacionales.

Así finalizamos la visita a la ciudad imperial. No olvidéis que es imprescindible asistir a uno o varios de los espectáculos musicales que ofrece; el único inconveniente, como siempre, es el bolsillo, porque a esta capital europea hay que ir con una buena cartera. Dada su situación podemos aprovechar para acercarnos a ciudades próximas como Bratislava, a una hora en tren, o Budapest, a unas tres horas.

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Bratislava

Bratislava en un día Bratislava es la capital de un pequeño país, Eslovaquia, que hace frontera con Hungría, Austria, Chequia, Polonia y Ucrania. Un territorio estratégicamente situado con su capital bañada por el Danubio, que ha pertenecido a las potencias que la rodean y que fue sede de la coronación de los reyes de Hungría durante casi tres siglos; de hecho, su catedral tiene su torre finalizada con una corona en lugar de una cruz y en sus calles se pueden ver en el suelo pequeñas coronas que indican el camino que debía seguirse para la coronación. Es una ciudad dividida en dos por el Danubio: al norte se encuentra la ciudad vieja y al sur la moderna, que además no tiene ningún aliciente para ser visitada, tan solo el ‘ovni’ que corona uno de sus modernos puentes y desde el que se tiene una vista espectacular de toda la ciudad. Como para todo, hay que pagar por subir y es obligatorio comer en el restaurante. Las vistas también se pueden tener desde el castillo que domina la ciudad vieja y que es el punto de partida de nuestra visita.  

El castillo

El castillo fue reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial; inicialmente tenía una sola torre, pero creo que la emperatriz Sisi ordenó que se construyeran tres torres más. Las vistas desde esta edificación son impresionantes: la catedral de San Martín y la antigua muralla, el río y los puentes. En sus jardines podemos observar una escultura que hace alusión a las brujas.    

La catedral de San Martín

Bajamos y nos encontraremos con el muro y, embutida en él, la catedral; dicen que primero fue la iglesia y después el muro. Ojo: adosados a este muro estaban las casas del barrio judío, pero por desgracia fueron arrasadas durante la guerra. La catedral tiene dos puertas, una para los ciudadanos y otra para la aristocracia y se encuentran en los laterales.

El casco antiguo

Si seguimos bajando hacia el centro de la ciudad, nos encontramos con calles no muy anchas de empedrado y la mayoría peatonales. El centro está lleno de establecimientos de restauración, cafés, bares y restaurantes. Podemos callejear y seguramente nos fijaremos en una torre que es una de las antiguas puertas de la ciudad, la puerta de San Miguel. Encontraremos algunas plazas que conservan importantes edificios, y cuyo nombre ha cambiado a lo largo del siglo XX: plaza de Hitler, después de Stalin y ahora Plaza Principal, en cuyo centro se encuentra la estatua de Maximiliano, con su ‘culito prieto’. Como en la mayoría de estas ciudades, ocupa un lugar destacado el edificio de la Ópera, el Ayuntamiento y el Palacio del Primado. Un poco alejado del centro se encuentra un curioso edificio denominado la Iglesia Azul. Podemos dedicar un tiempo a pasear por estas calles del centro; veremos numerosas estatuas y esculturas de distintas épocas que adornan las plazas, por ejemplo la Plaza Hviezdoslav donde se encuentran las esculturas de Hans Christian Andersen, y la Columna de la Plaga. Si hay tiempo, se puede dar un paseo en barco por el Danubio o subir al Ovni que se encuentra en el puente Most SNP. También hay avenidas amplias surcadas por tranvías de distintas épocas, con todo el cableado necesario, que además sujeta las luces de la ciudad.

Gastronomía y precios

Esta ciudad es bastante más barata que Viena y que Budapest, normal si pensamos que es una pequeña capital. Sin embargo, las comidas son semejantes, bastante contundentes, y en ellas reinan el queso y la carne. Tienen sus pasteles o bollos particulares, un cuerno relleno de nueces, canela… Algunos platos típicos son: • Bryndzové halušky, unos ñoquis de patatas cubiertos de salsa de queso de oveja. • Zemiakové placky, unos pancakes de patatas. • Kapustnica, sopa de col. El precio de un café expreso oscila desde el euro hasta los dos euros y medio o tres. Y la cerveza, tres euros medio litro, no desmerece nada de la que podemos tomar en Praga, Berlín o Viena.

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